Post coitum omne animal triste. -Anónimo, latín postclásico

Saturday, February 04, 2006

La incapacidad de escribir

Una amiga mía escritora (GBA) me escribe desde Hermosillo —en una carta, cuando ya ha desaparecido el género epistolar— diciéndome que la parálisis se cura caminando. De pronto asoma por ahí en su frase una falta de lógica, pero en realidad mi amiga se refiere a la impotencia literaria: al estancamiento creativo del escritor, que sigue siendo uno de los enigmas más curiosos y extraños del arte y los artistas.
A lo mejor pensaba ella en Antonio Machado: Cuando una vez un joven le preguntó “Oiga, don Antonio, ¿y usted cómo escribe sus poemas?”
“Caminando, caminando”, le contestó Machado.
Hay algo incomprensible en todo esto. Unos escritores dejan de escribir porque ya no tienen nada que decir, porque entraron en una caída depresiva irremontable, o simplemente porque dejaron de ser jóvenes y perdieron la ilusión y el deseo, la ilusión de la fama y el dinero, la ilusión de la gloria que es posible alcanzar en esta tierra.
Y es que no se puede ser poeta toda la vida, como se es cirujano o piloto aviador. El poeta cae en periodos de aridez, respecto al acto físico de escribir. Y puede pasar mucho tiempo sin escribir, acaso años. El poeta español Claudio Rodríguez sospechaba que la poesía no siempre es vitalicia.
“Un arquitecto sabe construir un puente siempre. Un médico sabe operar siempre. Un poeta puede dejar de serlo. Por eso hay poetas que siguen escribiendo y no escriben poesía. La del poeta no es una profesión vitalicia. Es muy difícil mantener la intensidad de la creación a lo largo de toda una vida; es curioso, pero muchas veces los poetas escriben sus mejores poemas en plena juventud. Después, lo que hacen es repetirse.”
Parece descorazonador y triste porque el no escribir, luego de haberlo hecho magistralmente, suele ser doloroso. El poeta sufre cuando ya no puede escribir ni hacer aquello que es propio del escritor: encontrar y establecer conexiones entre unas cosas y otras.
¿Por qué de pronto un escritor se queda como petrificado? Habiendo demostrado el dominio de un oficio, de repente lo asalta el bloqueo. Y a partir de entonces se resigna al silencio o empieza a hacerse de manías o a inventar actos rituales que le permitan conjurar esa impotencia.
El japonés Yukio Mishima lo que hacía era irse a otra ciudad, distinta a la que habitaba con su mujer y sus hijos, y se encerraba durante meses en un hotel hasta no terminar su novela. Se aislaba del mundo. Se escondía de los telefonazos. Desaparecía para los demás, que pueden ser un infierno.
Un novelista italiano, Vasco Patrolini, se levantaba por las mañanas, desayunaba y cerraba todas las ventanas de madera que había abierto su esposa. Le gustaba encerrarse en la oscuridad y, en pleno día, trabajar con la luz artificial de la lámpara que iluminaba su escritorio, como si fuera de noche.
Un escritor de culto, Bruce Chatwin, conocido sobre todo por Los trazos de la canción y En la Patagonia, también era medio maniático cuando de escribir se trataba. No podía hacerlo en casa. El orden de sus libreros, la comodidad de su escritorio, la soledad de la estancia, lo volvían estéril. No daba una. En cambio al buscar y encontrar el mundanal ruido de una cafetería o de un aeropuerto, o la mesita de un café en la acera, la musas empezaban a visitarlo.
Bruce Chatwin intentaba escribir en lugares tan variados como una choza de barro africana (con una toalla mojada en la cabeza), un monasterio en el Monte Atos, una colonia de escritores, una casucha en un páramo y hasta una tienda. “Pero no bien llega la tormenta de arena, o comienza la estación lluviosa o
un martillo pilón destruye toda esperanza de concentrarme, me maldigo y me pregunto ¿qué estoy haciendo aquí, por qué no estoy en la Torre?” Se refería a una torre en la región de la Toscana, que le prestaban unos amigos, según cuenta en Anatomía de la inquietud.
Por lo demás, el mismo Chatwin tenía para sí que los escritores se dividen en dos categorías: los estables y los itinerantes. Según él, existen escritores que sólo funcionan "a domicilio", con la silla adecuada, los estantes de diccionarios y enciclopedias, y ahora con la computadora.
Y luego están los otros que se quedan paralizados por el domicilio, para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor y que ingenuamente creen que todo estaría mejor con que sólo se hallaran en alguna otra parte. Son los pata de perro.
Incluso entre los muy grandes se encuentra la misma dicotomía: Flaubert y Tolstoi, que trabajan en sus bibliotecas; Emile Zola, con una armadura junto a su escritorio; Philip Roth y Ernest Hemingway, de pie, porque padecen de la espalda y sentarse para ellos equivale a una tortura. Edgar Allan Poe logra su mejor concentración en una cabaña, en el campo, mientras Marcel Proust —enfermo de los bronquios y asmático— escribe en la cama y en una habitación tapizada de corcho.
Por otra parte, entre los itinerantes está Hermann Melville, el autor de Moby Dick, a quien afincarse como un caballero en Massachusetts "lo echó a perder" o Nicolás Gogol o Fedor Dostoievski cuyas vidas, por elección o por necesidad, fueron un permanente e impetuoso ir de un hotel a otro, de una habitación de alquiler a otra… y el último Dostoievski en una prisión en Siberia.

1 Comments:

Blogger Adolfo said...

eS FABULOSO LO QUE LOS ESCRITORES HACEN PARA TENER SUS INSPIRACIONNES...

5:15 PM

 

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